
A veces me siento como un árbol
solitario tras la tormenta,
azul, vapuleado y sin hojas,
ajeno a la olvidada primavera.
Entonces tomo conciencia
del débil objeto a la intemperie que soy,
vulnerable, desabrigado y leñoso,
alimentado del agua justa
y de la brisa gentil que corre
sólo cuando ella quiere.
Y es cuando más he de reafirmarme
como ser único, imponente,
imprescindible y respetable,
generoso de sombras cuando arde el sol
y de cobijos cuando enfría la luna,
firme y recio, eterno amigo
de leyes previsibles e imperecederas.
Anclado junto a sendas que no recorro,
he nacido para gratificar
el paso de caminantes que van y vienen,
riendo en mi soledad con la música lejana.
Y a veces alguien, antes de seguir su camino,
se detiene un instante, me mira agradecido
y deja grabados en mi tronco, para la eternidad,
un corazón con una flecha y dos iniciales.
Fernando©
15.12.2009.